miércoles, 22 de septiembre de 2010

Japón: Una lección de Conexión


Un poco más de 20 horas volando (con dos conexiones), 13 horas y media de diferencia horaria, océanos y continentes que separan, otro idioma, otros signos, significados y significantes, otra cultura, otra mirada; pero finalmente allí estaba, sin imaginar el impacto de lo que vendría.

La vigésimo tercera Academia de Liderazgo de Japón de la JCI (Junior Chamber International), fue la perfecta apertura para una nueva etapa en la que la visión del ser humano como sujeto comunicativo, del quehacer en sociedad y, en definitiva, de la vida en estas tierras nuestras, se ampliaría exponencialmente. Y no podía comenzar de otra manera; sino desde el corazón de aquella comunidad, en el seno de una familia japonesa.

Las paredes de madera clara color pino; los grandes y cuidados jardines; los árboles que detalladamente podados y remozados invitan, cual nube de la infancia, a soñar formas, figuras y personajes que viven en la libertad de lo esencialmente verde; cada mirada tímida y respetuosa; decían que era cierto, que estaba en otro mundo. En un territorio en el que no compartíamos idioma alguno, pues ni yo hablaba japonés, ni ninguno de los miembros del grupo familiar hablaba inglés o español. Pero, eso sí, un nuevo mundo en el que era esperado y bienvenido.

Esa primera noche en familia, esa escena en torno a aquella pequeña mesa retrata una gran lección. Sentados en el suelo, en el Tatami, bañados en el fresco aroma de algas, arroz, atún, salmón, cangrejo y te verde, me acompañaban casi una decena de niños y adultos que no tenía como identificar, pero que se conectaban conmigo con cada gesto, con cada mirada, con cada expresión que les emocionaba; sin darse cuenta quizá de que era yo quien, aún desde el suelo, se sentía elevado por un sentimiento de gratitud infinita ante lo insospechado del aprendizaje.

Es que no teníamos un idioma común, pero sí un mismo lenguaje, el lenguaje que se construye por encima de las formas, cuando hay valores y principios compartidos.

Señas, señales, gestos, imágenes, sonrisas y miradas fueron nuestro código común. Gracias a ello disfrutamos de la exquisita comida, nos conectamos y desconectamos en un templo Shintoista, jugamos, refrescamos nuestros pies en una concurrida playa del verano japonés, recorrimos calles y kilómetros de una de las islas, y hasta tuvimos nutritivas y memorables conversaciones que, de una sutil bofetada, destruían las barreras comunicacionales previsibles. Conversaciones a otro nivel del que hasta la fecha podía imaginar, en las que esos códigos mencionados eran bastante más que suficiente.

He allí el impacto de la conexión; no requiere, ni siquiera, un idioma común, no es un asunto de identidad, ni mucho menos de costumbres… Viene de mucho más adentro, y se construye cuando decides maravillarte al compartir lo que “eres” con aquel que también “es”, sólo que de manera legítimamente diferente.

viernes, 23 de julio de 2010

Celebrando la vida



Queridos aliados de travesía:

Hoy, en la “tierra del sol naciente”, he redescubierto algunas verdades que me comprometen con renacer también todos los días de mi vida, celebrando el ciclo perfecto.

Una es que la vida real comienza en el momento en el que decides vivir por el presente, y desde el presente. Que cuando decides anclar tus días en una historia pasada, dejas de vivirlos realmente, y sin darte cuenta agotas cupones que no volverás a recibir. Pero también que si decides vivir tu historia desde el futuro añorado, dejas de darte cuenta de que ese futuro soñado ya llegó, es tu presente, pera quizá ya no lo ves, pues en el camino la perspectiva se transforma, se obnubila, se confunde entre demandas de algo o alguien que termina conduciendo tu presente hacia un lugar al que es muy difícil llegar, porque está alejándose al mismo ritmo que andamos sus caminos.

La segunda, es que nada es tan lejos ni tan cerca como parece, que la diferencia en la perspectiva está determinada sólo por el lente que hemos decidido usar para proyectar ese mismo presente.

La tercera es quizá la más poderosa. El reencuentro conmigo mismo inevitablemente me lleva a reencontrarme con mucha gente que amo y admiro. Es estar solo sin estarlo, caminar las calles, visitar los templos, admirar la diversidad, en un silencio peregrino que aclama un nombre tras otro, en un festivo ritual de agradecimiento.

Hoy, cuando celebro que mis padres decidieron brindarme un soplo de aliento divino para andar estas tierras, también celebro mi presente, prospero, sano y alegre, y asumo desde el agradecimiento que comienzo a multiplicar, no a acumular. Por eso este nuevo espacio, para reencontrarme con quienes en el andar me sonríen, me confían su mano, abrazan mi camino y me permiten abrazar el suyo...