La República también "bolivariana" del Ecuador, es un territorio realmente privilegiado. Más allá de la singularidad que representa tener entre sus atractivos la mismísima mitad del mundo, incluso de la espectacular diversidad geográfica y ecológica objeto de estudio para la ciencia mundial, su riqueza étnica puede ser natural fuente de envidia para comunidades que ha perdido o están perdiendo el invalorable rastro de nuestra historia aborigen.
Así, sus ciudades, sus pueblos, sus calles, volcanes y cordilleras son orgullosos testigos de su pasado, de sus victorias y sus derrotas. Por ejemplo, el valor del casco colonial de Quito, Patrimonio Cultural de la Humanidad reconocido por la Unesco, tan impresionantemente extenso, se queda corto ante la historia retratada en las mentes, en los corazones y en los rostros del Ecuador.
En este contexto, algunos historiadores aseguran que la palabra Quito, tiene su origen en las lenguas indígenas "tsa'fiki" y "cha'fiki", en las que "qui" quiere decir mitad, y en las que "to" significa tierra.
Si esa debatida versión es cierta, la conclusión es impresionante: muchísimo antes de contar con los equipos y la tecnología que misiones científicas del "primer mundo" utilizaron para determinar que esa era la mitad del planeta, los indígenas, sin esos recursos, ya lo sabían.
Pero más allá de tales debates, en sus tierras me enfrenté a una realidad inspiradora. Hoy no sabemos si realmente los indígenas estaban exactamente conscientes de estar en la mitad del mundo, pero si tenemos la certeza de que, al menos para buena parte de la ciudadanía ecuatoriana del siglo XXI, sí está claro que sus etnias originarias son su esencia, la génesis de su historia, el centro de su mundo.
Argenis Angulo
jueves, 20 de septiembre de 2012
Querer hacerlo
Con facilidad lograr la participación recae como desafiante y pesada responsabilidad sobre los hombros de los líderes. Inclusive, por ejemplo, más allá de las coyunturas electorales, el número de personas involucradas en cualquier proyecto determina el éxito del mismo, al menos desde la mirada comunicacional.
Sin embargo, de nada sirve "poder hacerlo", que existan legalmente y en la práctica los mecanismos necesarios para participar; ni "saber hacerlo", que la gente sepa que existen tales mecanismos y cómo utilizarlos; sin un tercer fundamento, vital para que la participación ciudadana se dé como fenómeno: "querer hacerlo".
En los últimos años lograr ese "querer", ese deseo voluntario e individual de sumarse a un proyecto en particular, ha estado asociado a lo que se ha llamado: el "Marketing Emocional" que, ya sea para asuntos propagandísticos o publicitarios, procura sembrar en la gente las ganas de participar, ya sea con una compra, ya sea como miembro de un proyecto, ya sea con un voto.
Esa motivación de la que hablamos puede venir de diferentes fuentes. Para algunos nace desde el mismo seno de la comunidad. Es el caso de grupos sociales que culturalmente conservan y promueven patrones de participación; toman las decisiones conjuntamente, se reúnen periódicamente, y valoran la oportunidad de formar parte de los cambios. Para otros, la motivación debe venir desde un tercero, un líder que estimule con sus mensajes y la carga emocional de estos, una conducta específica.
La pasión por mejorar las condiciones de vida en nuestros países, debe nacer en el interior de cada ciudadano responsable, cuyo sentido de pertenencia determina sus pensamientos, emociones y acciones para el resguardo de su patrimonio.
Sin embargo, de nada sirve "poder hacerlo", que existan legalmente y en la práctica los mecanismos necesarios para participar; ni "saber hacerlo", que la gente sepa que existen tales mecanismos y cómo utilizarlos; sin un tercer fundamento, vital para que la participación ciudadana se dé como fenómeno: "querer hacerlo".
En los últimos años lograr ese "querer", ese deseo voluntario e individual de sumarse a un proyecto en particular, ha estado asociado a lo que se ha llamado: el "Marketing Emocional" que, ya sea para asuntos propagandísticos o publicitarios, procura sembrar en la gente las ganas de participar, ya sea con una compra, ya sea como miembro de un proyecto, ya sea con un voto.
Esa motivación de la que hablamos puede venir de diferentes fuentes. Para algunos nace desde el mismo seno de la comunidad. Es el caso de grupos sociales que culturalmente conservan y promueven patrones de participación; toman las decisiones conjuntamente, se reúnen periódicamente, y valoran la oportunidad de formar parte de los cambios. Para otros, la motivación debe venir desde un tercero, un líder que estimule con sus mensajes y la carga emocional de estos, una conducta específica.
La pasión por mejorar las condiciones de vida en nuestros países, debe nacer en el interior de cada ciudadano responsable, cuyo sentido de pertenencia determina sus pensamientos, emociones y acciones para el resguardo de su patrimonio.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Saber hacerlo
El ejercicio ciudadano no se concreta con la posibilidad legal y física de hacerlo. Cada individuo tiene que saber ejecutarlo. E incluso antes de saber hacerlo, debe estar al tanto de que puede.
Es decir, para que un Comité de Usuarios o una Junta de Condominios se activen, los ciudadanos involucrados deben, primero, saber que pueden constituirse legalmente, luego, saber cómo hacerlo. De manera que la responsabilidad de líderes y funcionarios públicos no se limita a generar los mecanismos necesarios, sino que debe ir un paso más adelante, y garantizar que los ciudadanos conozcan tales mecanismos.
Sin embargo, como debes suponer si de ciudadanía hablamos, la responsabilidad es compartida. A su vez, es un deber de los ciudadanos de cada país, conocer los mecanismos de participación que existen, y prepararse para aprovecharlos.
Así, en un proceso electoral, es responsabilidad del máximo organismo electoral de la nación dar a conocer el sistema de votación, de manera que se estimule la participación de la comunidad; de la misma manera, es obligación de cada votante indagar cuáles son los procedimientos que le permitirán participar del proceso de elección popular. Un "no sabía cómo" deja de ser excusa para un ciudadano en ejercicio; aún cuando organismos y funcionarios responsables de generar los planes de comunicación no cumplan a cabalidad con su trabajo.
Un ciudadano activo consciente del poder de su voz, de su ejemplo, de su participación, hace cuanto esté a su alcance para saber lo que tiene que saber y en consecuencia actuar responsablemente. Sabe cuál es su centro y mesa de votación, sabe cómo votar, y también conoce los atributos y debilidades de los candidatos. Participa porque sabe cómo hacerlo.
Es decir, para que un Comité de Usuarios o una Junta de Condominios se activen, los ciudadanos involucrados deben, primero, saber que pueden constituirse legalmente, luego, saber cómo hacerlo. De manera que la responsabilidad de líderes y funcionarios públicos no se limita a generar los mecanismos necesarios, sino que debe ir un paso más adelante, y garantizar que los ciudadanos conozcan tales mecanismos.
Sin embargo, como debes suponer si de ciudadanía hablamos, la responsabilidad es compartida. A su vez, es un deber de los ciudadanos de cada país, conocer los mecanismos de participación que existen, y prepararse para aprovecharlos.
Así, en un proceso electoral, es responsabilidad del máximo organismo electoral de la nación dar a conocer el sistema de votación, de manera que se estimule la participación de la comunidad; de la misma manera, es obligación de cada votante indagar cuáles son los procedimientos que le permitirán participar del proceso de elección popular. Un "no sabía cómo" deja de ser excusa para un ciudadano en ejercicio; aún cuando organismos y funcionarios responsables de generar los planes de comunicación no cumplan a cabalidad con su trabajo.
Un ciudadano activo consciente del poder de su voz, de su ejemplo, de su participación, hace cuanto esté a su alcance para saber lo que tiene que saber y en consecuencia actuar responsablemente. Sabe cuál es su centro y mesa de votación, sabe cómo votar, y también conoce los atributos y debilidades de los candidatos. Participa porque sabe cómo hacerlo.
Poder hacerlo
Hay fundamentos básicos que son necesarios para lograr la participación de la gente; condiciones que deben darse para que los ciudadanos inviertan tiempo y desgasten sus zapatos en proyectos comunes de manera voluntaria.
La primera es "poder hacerlo". Este "poder" no se limita a la muy explotada frase: "si quieres, puedes"; exige la existencia de condiciones formales y prácticas que faciliten la participación de los ciudadanos.
Así, para que un joven mayor de edad ejerza su derecho al voto, primero deben existir las normas necesarias. Debe la ley preverlo, y los organismos competentes velar por su cumplimiento generando los mecanismos y las estructuras que se requieran, para que aquel que esté consciente de su deber, pueda inscribirse en el registro permanente para luego honrar el deber y derecho de votar en cualquier proceso de elección popular.
Tales consideraciones ponen la obligación primaria en manos de las autoridades; de gobernantes, funcionarios y líderes oficiales. Sin embargo, en nuestros territorios, por ejemplo, así como no siempre las mujeres o las personas de color pudieron votar, no siempre las instituciones han fijado los puntos básicos de partida para que lo que se debe hacer, se pueda hacer.
Esos hitos históricos en los que las reglas cambian para brindar nuevas posibilidades de participación a minorías excluidas en el pasado, a su vez rompen una verdad parcial, según la cual la mencionada responsabilidad primaria recae sobre los líderes formales, muchas veces incompetentes para visionar nuevos escenarios de participación. Poder hacerlo, es responsabilidad compartida en manos de la ciudadanía, que si no cuenta con las condiciones propicias, se organiza, actúa y las logra.
La primera es "poder hacerlo". Este "poder" no se limita a la muy explotada frase: "si quieres, puedes"; exige la existencia de condiciones formales y prácticas que faciliten la participación de los ciudadanos.
Así, para que un joven mayor de edad ejerza su derecho al voto, primero deben existir las normas necesarias. Debe la ley preverlo, y los organismos competentes velar por su cumplimiento generando los mecanismos y las estructuras que se requieran, para que aquel que esté consciente de su deber, pueda inscribirse en el registro permanente para luego honrar el deber y derecho de votar en cualquier proceso de elección popular.
Tales consideraciones ponen la obligación primaria en manos de las autoridades; de gobernantes, funcionarios y líderes oficiales. Sin embargo, en nuestros territorios, por ejemplo, así como no siempre las mujeres o las personas de color pudieron votar, no siempre las instituciones han fijado los puntos básicos de partida para que lo que se debe hacer, se pueda hacer.
Esos hitos históricos en los que las reglas cambian para brindar nuevas posibilidades de participación a minorías excluidas en el pasado, a su vez rompen una verdad parcial, según la cual la mencionada responsabilidad primaria recae sobre los líderes formales, muchas veces incompetentes para visionar nuevos escenarios de participación. Poder hacerlo, es responsabilidad compartida en manos de la ciudadanía, que si no cuenta con las condiciones propicias, se organiza, actúa y las logra.
Ciudadano en ejercicio
Al ver este título probablemente muchos líderes políticos, de todas las corrientes ideológicas, se detendrán a leerlo; al menos a comenzar a leerlo, porque el término ciudadano, con mucha facilidad ha sido, es y será politizado.
Sin embargo, aunque parte de los derechos de un ciudadano en regímenes democrático es, por ejemplo, militar en un partido, y a pesar de que el voto en procesos de elección popular es uno de sus principales deberes, la ciudadanía no es un cargo que pueda conferirte, ni partido, ni candidato, ni gobierno alguno; en principio, es un título con el que se nace y que otorga el Estado al reconocerte como nacional y oriundo de esas tierras.
En nuestros países el término ciudadano es, relativamente, poco utilizado. En oportunidades se limita a encuentros con funcionarios públicos, en espacios u oficinas de gobierno y seguridad, en los que se dirigen a nosotros haciendo uso del título que nos corresponde formalmente como parte de una sociedad, como "ciudadano" o "ciudadana".
No nos percatamos de que, más allá de las tarjetas o cédulas de identidad, aunque no nos entreguen un bonito certificado legalmente registrado y enmarcado que podamos colgar en la pared más vistosa de la oficina, del estudio o de la casa, el título de ciudadano es quizá el más honroso nombramiento que podemos ostentar a lo largo de nuestro tránsito por estas tierras.
El asunto es que, como cualquier otro título profesional, la ciudadanía puede ejercerse o no. Tener el título te hace formalmente ciudadano, más es la práctica de sus deberes y derechos, la acción y contribución en la comunidad de la que formas parte, la que puede hacernos sentir entre colegas, comprometidos con el gremio para el bien común.
Sin embargo, aunque parte de los derechos de un ciudadano en regímenes democrático es, por ejemplo, militar en un partido, y a pesar de que el voto en procesos de elección popular es uno de sus principales deberes, la ciudadanía no es un cargo que pueda conferirte, ni partido, ni candidato, ni gobierno alguno; en principio, es un título con el que se nace y que otorga el Estado al reconocerte como nacional y oriundo de esas tierras.
En nuestros países el término ciudadano es, relativamente, poco utilizado. En oportunidades se limita a encuentros con funcionarios públicos, en espacios u oficinas de gobierno y seguridad, en los que se dirigen a nosotros haciendo uso del título que nos corresponde formalmente como parte de una sociedad, como "ciudadano" o "ciudadana".
No nos percatamos de que, más allá de las tarjetas o cédulas de identidad, aunque no nos entreguen un bonito certificado legalmente registrado y enmarcado que podamos colgar en la pared más vistosa de la oficina, del estudio o de la casa, el título de ciudadano es quizá el más honroso nombramiento que podemos ostentar a lo largo de nuestro tránsito por estas tierras.
El asunto es que, como cualquier otro título profesional, la ciudadanía puede ejercerse o no. Tener el título te hace formalmente ciudadano, más es la práctica de sus deberes y derechos, la acción y contribución en la comunidad de la que formas parte, la que puede hacernos sentir entre colegas, comprometidos con el gremio para el bien común.
¿Quién soy yo?
Hay preguntas difíciles de responder porque no fueron formuladas oportunamente. Recientemente tuve la oportunidad de dirigir junto a un equipo de facilitadores un ejercicio denominado "¿Quién soy yo?", que forma parte de una Escuela de Líderes para miembros de diferentes regiones del país del movimiento juvenil Remar, Renovación Marista, basada en la filosofía de servicio del francés universal, San Marcelino Champagnat, fundador de la Congregación de Hermanos Maristas.
El ejercicio consiste básicamente en generar reflexiones a través de una serie de preguntas sobre el perfil individual de cada participante, de manera que cada uno pudiese detenerse a pensar y plasmar "quién es" en un mural diseñado con libertad, y posteriormente presentado en sesiones de coaching grupal.
Lo impactante de la jornada fue redescubrir que, como tuve la oportunidad de experimentarlo en la misma escuela teniendo unos trece años de edad, salvo en casos extraordinarios, no se nos prepara para dar respuesta a semejante pregunta, o peor aún, para hacérnosla.
Crecemos, nos desarrollamos y maduramos cuestionando el mundo, preguntándonos quién es él, ella, eso o esto, pero pocas veces nos detenemos a pensar quiénes somos y cuál es nuestra misión. Y si lo hacemos, con facilidad respondemos erradamente, refiriéndonos solo a lo que hacemos, a la profesión u oficio, por ejemplo, pero no a aquello que nos da identidad individual y que nos hace seres únicos.
Nuestra sociedad requiere detenerse para ser pensada; conocernos y reconocernos como ciudadanos y antes como individuos. Lo ideal: estimular espacios en los que nuestros niños y jóvenes comiencen a preguntarse realmente quiénes son, antes de que sin saberlo, comiencen a olvidarlo.
El ejercicio consiste básicamente en generar reflexiones a través de una serie de preguntas sobre el perfil individual de cada participante, de manera que cada uno pudiese detenerse a pensar y plasmar "quién es" en un mural diseñado con libertad, y posteriormente presentado en sesiones de coaching grupal.
Lo impactante de la jornada fue redescubrir que, como tuve la oportunidad de experimentarlo en la misma escuela teniendo unos trece años de edad, salvo en casos extraordinarios, no se nos prepara para dar respuesta a semejante pregunta, o peor aún, para hacérnosla.
Crecemos, nos desarrollamos y maduramos cuestionando el mundo, preguntándonos quién es él, ella, eso o esto, pero pocas veces nos detenemos a pensar quiénes somos y cuál es nuestra misión. Y si lo hacemos, con facilidad respondemos erradamente, refiriéndonos solo a lo que hacemos, a la profesión u oficio, por ejemplo, pero no a aquello que nos da identidad individual y que nos hace seres únicos.
Nuestra sociedad requiere detenerse para ser pensada; conocernos y reconocernos como ciudadanos y antes como individuos. Lo ideal: estimular espacios en los que nuestros niños y jóvenes comiencen a preguntarse realmente quiénes son, antes de que sin saberlo, comiencen a olvidarlo.
Seguridad ciudadana
Quien no lo tiene claro conscientemente, según las estadísticas pronto lo tendrá, pues al menos algún conocido, familiar, amigo o vecino será víctima de la delincuencia en los próximos días u horas; la inseguridad ha modificado la forma en la que vivimos.
Por un lado nos ha hecho ciudadanos más alertas, más planificados, más estratégicos y previsivos; por otro, menos sociables, mucho más reservados, más alejados de nuestro propio entorno.
Tal desvinculación es natural, nuestro foco emocional y mental está en protegernos y proteger a quienes amamos, partiendo de la premisa de que también la seguridad es corresponsabilidad nuestra, de todos. De allí que tengamos el deber de preguntarnos: "¿qué puedo hacer yo para contribuir con la solución?".
Sin embargo, de nuevo estamos rodando al ritmo de un círculo vicioso. Recientemente, conocí de cerca un caso en el que unos delincuentes, huyendo de la policía, se escondieron en una residencia familiar. Al llegar la policía a la zona, en su labor de encontrar a los antisociales, entraron a varias de las casas con el permiso de sus habitantes. La sorpresa, para algunos, fue que los funcionarios policiales robaron dinero, prendas y objetos personales de cada una de las casas a las que tuvieron acceso.
Allí el círculo vicioso da una nueva vuelta. Los afectados no denuncian a los funcionarios, pues los creen a veces peores que los delincuentes de oficio.
La seguridad para participar de la solución, exige confianza en las instituciones. Los afectados, ya ni siquiera exigen seguridad ante la delincuencia; ahora piden, en temeroso silencio, confianza; creer que si recurro a un funcionario será para atender efectivamente mi situación de riesgo, no para incrementarla.
Por un lado nos ha hecho ciudadanos más alertas, más planificados, más estratégicos y previsivos; por otro, menos sociables, mucho más reservados, más alejados de nuestro propio entorno.
Tal desvinculación es natural, nuestro foco emocional y mental está en protegernos y proteger a quienes amamos, partiendo de la premisa de que también la seguridad es corresponsabilidad nuestra, de todos. De allí que tengamos el deber de preguntarnos: "¿qué puedo hacer yo para contribuir con la solución?".
Sin embargo, de nuevo estamos rodando al ritmo de un círculo vicioso. Recientemente, conocí de cerca un caso en el que unos delincuentes, huyendo de la policía, se escondieron en una residencia familiar. Al llegar la policía a la zona, en su labor de encontrar a los antisociales, entraron a varias de las casas con el permiso de sus habitantes. La sorpresa, para algunos, fue que los funcionarios policiales robaron dinero, prendas y objetos personales de cada una de las casas a las que tuvieron acceso.
Allí el círculo vicioso da una nueva vuelta. Los afectados no denuncian a los funcionarios, pues los creen a veces peores que los delincuentes de oficio.
La seguridad para participar de la solución, exige confianza en las instituciones. Los afectados, ya ni siquiera exigen seguridad ante la delincuencia; ahora piden, en temeroso silencio, confianza; creer que si recurro a un funcionario será para atender efectivamente mi situación de riesgo, no para incrementarla.
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