Son las gradas un espacio mágico, un lugar para el encuentro con otros y para el reencuentro con uno mismo. A diario, en el mercado, en la clínica, en la Universidad, en las calles, nos encontramos con personas con necesidades similares a las nuestras, de consumo, de atención, de educación, o simplemente de tránsito, pero en pocos lugares podemos coincidir con tanta gente cuya necesidad suprema sea sentir la emoción de la identidad. El día a día nos aleja y nos sumerge en otros espacios en los que la pasión colectiva se esconde tras propósitos individuales.
En el camino puedes encontrarte con decenas, cientos y miles de fanáticos de aquello que te emociona, pero si no los reconoces por lo que dicen, por como lucen, por el color de sus franelas, el fenómeno de las gradas no se da.
En Venezuela recién estamos descubriéndonos como fanaticada. Más allá de las experiencias que la política nos ha brindado, cuando en marchas, concentraciones y mítines los líderes procuran conectarse a través de códigos comunes con la emocionalidad de cada alma que les acompaña, nos hacen falta más espacios en los que aprovechar tantas razones para vestirnos color patria.
Así, la bandera, el tricolor, el vinotinto, se han transformado en los códigos que nos están recordando cada vez con mayor fuerza que aquel que me consigo en el mercado, en la clínica o en las calles, comparte ilusiones conmigo; de esas que lo hacen acelerarse, cantar, saltar y gritar como pocas veces en su vida adulta, y en público. Hoy, el desafío que nos queda entre las manos a las generaciones que deseamos entregar un país con más logros que ilusiones, es multiplicar los espacios públicos en los que nos reconocemos como ciudadanos con la necesidad de gritar a todo corazón: "¡Venezuela! ¡Venezuela!".
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