La República también "bolivariana" del Ecuador, es un territorio realmente privilegiado. Más allá de la singularidad que representa tener entre sus atractivos la mismísima mitad del mundo, incluso de la espectacular diversidad geográfica y ecológica objeto de estudio para la ciencia mundial, su riqueza étnica puede ser natural fuente de envidia para comunidades que ha perdido o están perdiendo el invalorable rastro de nuestra historia aborigen.
Así, sus ciudades, sus pueblos, sus calles, volcanes y cordilleras son orgullosos testigos de su pasado, de sus victorias y sus derrotas. Por ejemplo, el valor del casco colonial de Quito, Patrimonio Cultural de la Humanidad reconocido por la Unesco, tan impresionantemente extenso, se queda corto ante la historia retratada en las mentes, en los corazones y en los rostros del Ecuador.
En este contexto, algunos historiadores aseguran que la palabra Quito, tiene su origen en las lenguas indígenas "tsa'fiki" y "cha'fiki", en las que "qui" quiere decir mitad, y en las que "to" significa tierra.
Si esa debatida versión es cierta, la conclusión es impresionante: muchísimo antes de contar con los equipos y la tecnología que misiones científicas del "primer mundo" utilizaron para determinar que esa era la mitad del planeta, los indígenas, sin esos recursos, ya lo sabían.
Pero más allá de tales debates, en sus tierras me enfrenté a una realidad inspiradora. Hoy no sabemos si realmente los indígenas estaban exactamente conscientes de estar en la mitad del mundo, pero si tenemos la certeza de que, al menos para buena parte de la ciudadanía ecuatoriana del siglo XXI, sí está claro que sus etnias originarias son su esencia, la génesis de su historia, el centro de su mundo.
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