Ni el costoso y muy bien logrado "corazón venezolano", ni el rebobinado y enérgico "¡cómo te quiero Venezuela!", serán suficientes para sacar a la gente de sus camas, decidida a participar en el más importante encuentro ciudadano del año. Sin embargo, la visión está clara, los candidatos requieren emocionar a sus electores, mientras los ciudadanos demandan líderes que los enamoren.
Así, mientras alguno puede recurrir a mensajes que se transforman en lugares comunes en lo político, al ritmo del "se ve, se siente, el que sea Presidente"; otro conoce al detalle la necesidad emocional de su gente, y no pierde oportunidad para satisfacerla. Aquí el gran desafío es enamorar. Y como tal, puede convertirse en una popular "misión imposible", que con frecuencia alguien logra. Jamás tendrá las mismas posibilidades de éxito quien se haya ocupado en conocer la fuente de sus desvelos, que quien regala una docena de rosas rojas acompañada de un osito de peluche a toda mujer que quisiera lo elija como su pareja.
Del mismo modo, cada líder político involucrado con la movilización de voluntades, debe estar claro de las necesidades, expectativas y deseos de su gente. No se trata solo de comunicación estratégica; hablamos de reconocer que es en nuestras emociones donde concebimos el país que seremos.
Cuando el ser humano está cansado, necesita dormir, relajarse, desconectarse. Y el venezolano, en lo político, ha estado históricamente cansado. Aún así, a pesar de que el fenómeno invita a muchos de nuestros ciudadanos a aprovechar cada domingo electoral para desconectarse de su propia realidad, hay quienes han sido seducidos por otros que comprenden que en la política, además de recursos, se requieren ilusiones compartidas, sueños que quiten el sueño.
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