En el increíble caribe colombiano, sumergido en hábitos y costumbres populares de seres humanos tan alegres como serviciales, tuve la oportunidad de enfrentarme con los conceptos "Guayabo" y "Desenguayabe". El primero, más común para nosotros, referido al "malestar por haber bebido en exceso", en términos de la Real Academia Española. El segundo, a la acción y efecto de evitar el guayabo manteniendo el estado previo, en términos del costeño.
Luego del festín, de la algarabía, de los chistes, y esencialmente de los tragos, vienen las ganas de no haber ingerido tanto alcohol, de no haberse trasnochado, o peor aún, de no haber dicho todo lo que se recuerda haber dicho. Mientras tanto, otros quisieran tener la receta para quedarse en ese estado permanentemente, iniciando y fortaleciendo el ciclo en cada oportunidad que les sea posible, para alejar la condena del malestar que siempre se avecina.
Quizá los venezolanos, sin saberlo, vivimos en ese eterno ciclo, entre el "guayabo" y el "desenguayabe". Borrachos de promesas incumplidas que nos sumergen en el despecho de quien ya ha perdido la confianza, la ilusión, y en consecuencia el interés; porque aquel en el que creímos, resultó ser igual o peor a todos los demás políticos que le antecedieron.
Lo cierto es que para salir del guayabo ciudadano, ese que ancla y frena la participación popular, podemos embriagarnos de promesas que muy probablemente prolonguen la agonía, o al contrario, podemos tomar la decisión definitiva de ser promotores del cambio que queremos ver en nuestras mismas comunidades.
Puedes beber de la promesa brindada, celebrarla y creerla posible, pero con la misma prudencia de quien tiene la claridad y certeza de que lo que realmente está en sus manos, no es el trago invitado, sino el propio destino deseado.
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