domingo, 2 de septiembre de 2012

Siempre decides

¿Quién crees que realmente toma las decisiones en nuestros países? Unos idealistas asumen la postura democrática por excelencia: las grandes decisiones las toma el pueblo, la gente, la comunidad, el poder popular. De allí que existan mecanismos como las elecciones, los referendos y las asambleas populares. Momentos para que la mayoría decida hacia dónde debemos ir.

Otros a su vez tienen una mirada que identifican como realista y aterrizada, según la cual las grandes decisiones son tomadas por unos pocos, cuyos asuntos en común ya no son las necesidades, esperanzas y miserias, sino por el contrario, el poder, la formación y los recursos.

Entre extremo y extremo, diferentes escenarios pueden desarrollarse, uno en el que las grandes decisiones encuentren la mayor presión en el sector empresarial; otro en el que la Iglesia pueda mover sus hilos y determinar un desenlace; u alguno en el que los medios de comunicación impongan el mensaje final. Sin embargo, son los pueblos los que tienen la última palabra. Aquellos que concentran el poder en sus manos, y a veces en sus pies, siempre lo saben. Incluso en procesos dictatoriales, en los que existe un muy bien diseñado mito de concentración del poder en una figura omnipresente, los pueblos, aun legal, política y emocionalmente debilitados, determinan el curso de la historia.

Así, si en Paraguay la decisión del Congreso fue estrictamente política, el pueblo la secunda o no, y según su visión, formación, creencias, emociones y mecanismos de participación, hace gobernable o no un país en semejante transición. Ellos están decidiendo. Quien delega tiene la voz suprema, aunque con frecuencia no lo sabe, en la calle, en el trabajo, en la escuela, de pie, transfiere la tarea, nunca el poder.

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