jueves, 20 de septiembre de 2012

Nuestro Quito

La República también "bolivariana" del Ecuador, es un territorio realmente privilegiado. Más allá de la singularidad que representa tener entre sus atractivos la mismísima mitad del mundo, incluso de la espectacular diversidad geográfica y ecológica objeto de estudio para la ciencia mundial, su riqueza étnica puede ser natural fuente de envidia para comunidades que ha perdido o están perdiendo el invalorable rastro de nuestra historia aborigen.

Así, sus ciudades, sus pueblos, sus calles, volcanes y cordilleras son orgullosos testigos de su pasado, de sus victorias y sus derrotas. Por ejemplo, el valor del casco colonial de Quito, Patrimonio Cultural de la Humanidad reconocido por la Unesco, tan impresionantemente extenso, se queda corto ante la historia retratada en las mentes, en los corazones y en los rostros del Ecuador.

En este contexto, algunos historiadores aseguran que la palabra Quito, tiene su origen en las lenguas indígenas "tsa'fiki" y "cha'fiki", en las que "qui" quiere decir mitad, y en las que "to" significa tierra.

Si esa debatida versión es cierta, la conclusión es impresionante: muchísimo antes de contar con los equipos y la tecnología que misiones científicas del "primer mundo" utilizaron para determinar que esa era la mitad del planeta, los indígenas, sin esos recursos, ya lo sabían.

Pero más allá de tales debates, en sus tierras me enfrenté a una realidad inspiradora. Hoy no sabemos si realmente los indígenas estaban exactamente conscientes de estar en la mitad del mundo, pero si tenemos la certeza de que, al menos para buena parte de la ciudadanía ecuatoriana del siglo XXI, sí está claro que sus etnias originarias son su esencia, la génesis de su historia, el centro de su mundo.

Querer hacerlo

Con facilidad lograr la participación recae como desafiante y pesada responsabilidad sobre los hombros de los líderes. Inclusive, por ejemplo, más allá de las coyunturas electorales, el número de personas involucradas en cualquier proyecto determina el éxito del mismo, al menos desde la mirada comunicacional.

Sin embargo, de nada sirve "poder hacerlo", que existan legalmente y en la práctica los mecanismos necesarios para participar; ni "saber hacerlo", que la gente sepa que existen tales mecanismos y cómo utilizarlos; sin un tercer fundamento, vital para que la participación ciudadana se dé como fenómeno: "querer hacerlo".

En los últimos años lograr ese "querer", ese deseo voluntario e individual de sumarse a un proyecto en particular, ha estado asociado a lo que se ha llamado: el "Marketing Emocional" que, ya sea para asuntos propagandísticos o publicitarios, procura sembrar en la gente las ganas de participar, ya sea con una compra, ya sea como miembro de un proyecto, ya sea con un voto.

Esa motivación de la que hablamos puede venir de diferentes fuentes. Para algunos nace desde el mismo seno de la comunidad. Es el caso de grupos sociales que culturalmente conservan y promueven patrones de participación; toman las decisiones conjuntamente, se reúnen periódicamente, y valoran la oportunidad de formar parte de los cambios. Para otros, la motivación debe venir desde un tercero, un líder que estimule con sus mensajes y la carga emocional de estos, una conducta específica.

La pasión por mejorar las condiciones de vida en nuestros países, debe nacer en el interior de cada ciudadano responsable, cuyo sentido de pertenencia determina sus pensamientos, emociones y acciones para el resguardo de su patrimonio.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Saber hacerlo

El ejercicio ciudadano no se concreta con la posibilidad legal y física de hacerlo. Cada individuo tiene que saber ejecutarlo. E incluso antes de saber hacerlo, debe estar al tanto de que puede.

Es decir, para que un Comité de Usuarios o una Junta de Condominios se activen, los ciudadanos involucrados deben, primero, saber que pueden constituirse legalmente, luego, saber cómo hacerlo. De manera que la responsabilidad de líderes y funcionarios públicos no se limita a generar los mecanismos necesarios, sino que debe ir un paso más adelante, y garantizar que los ciudadanos conozcan tales mecanismos.

Sin embargo, como debes suponer si de ciudadanía hablamos, la responsabilidad es compartida. A su vez, es un deber de los ciudadanos de cada país, conocer los mecanismos de participación que existen, y prepararse para aprovecharlos.

Así, en un proceso electoral, es responsabilidad del máximo organismo electoral de la nación dar a conocer el sistema de votación, de manera que se estimule la participación de la comunidad; de la misma manera, es obligación de cada votante indagar cuáles son los procedimientos que le permitirán participar del proceso de elección popular. Un "no sabía cómo" deja de ser excusa para un ciudadano en ejercicio; aún cuando organismos y funcionarios responsables de generar los planes de comunicación no cumplan a cabalidad con su trabajo.

Un ciudadano activo consciente del poder de su voz, de su ejemplo, de su participación, hace cuanto esté a su alcance para saber lo que tiene que saber y en consecuencia actuar responsablemente. Sabe cuál es su centro y mesa de votación, sabe cómo votar, y también conoce los atributos y debilidades de los candidatos. Participa porque sabe cómo hacerlo.

Poder hacerlo

Hay fundamentos básicos que son necesarios para lograr la participación de la gente; condiciones que deben darse para que los ciudadanos inviertan tiempo y desgasten sus zapatos en proyectos comunes de manera voluntaria.

La primera es "poder hacerlo". Este "poder" no se limita a la muy explotada frase: "si quieres, puedes"; exige la existencia de condiciones formales y prácticas que faciliten la participación de los ciudadanos.

Así, para que un joven mayor de edad ejerza su derecho al voto, primero deben existir las normas necesarias. Debe la ley preverlo, y los organismos competentes velar por su cumplimiento generando los mecanismos y las estructuras que se requieran, para que aquel que esté consciente de su deber, pueda inscribirse en el registro permanente para luego honrar el deber y derecho de votar en cualquier proceso de elección popular.

Tales consideraciones ponen la obligación primaria en manos de las autoridades; de gobernantes, funcionarios y líderes oficiales. Sin embargo, en nuestros territorios, por ejemplo, así como no siempre las mujeres o las personas de color pudieron votar, no siempre las instituciones han fijado los puntos básicos de partida para que lo que se debe hacer, se pueda hacer.

Esos hitos históricos en los que las reglas cambian para brindar nuevas posibilidades de participación a minorías excluidas en el pasado, a su vez rompen una verdad parcial, según la cual la mencionada responsabilidad primaria recae sobre los líderes formales, muchas veces incompetentes para visionar nuevos escenarios de participación. Poder hacerlo, es responsabilidad compartida en manos de la ciudadanía, que si no cuenta con las condiciones propicias, se organiza, actúa y las logra.

Ciudadano en ejercicio

Al ver este título probablemente muchos líderes políticos, de todas las corrientes ideológicas, se detendrán a leerlo; al menos a comenzar a leerlo, porque el término ciudadano, con mucha facilidad ha sido, es y será politizado.

Sin embargo, aunque parte de los derechos de un ciudadano en regímenes democrático es, por ejemplo, militar en un partido, y a pesar de que el voto en procesos de elección popular es uno de sus principales deberes, la ciudadanía no es un cargo que pueda conferirte, ni partido, ni candidato, ni gobierno alguno; en principio, es un título con el que se nace y que otorga el Estado al reconocerte como nacional y oriundo de esas tierras.

En nuestros países el término ciudadano es, relativamente, poco utilizado. En oportunidades se limita a encuentros con funcionarios públicos, en espacios u oficinas de gobierno y seguridad, en los que se dirigen a nosotros haciendo uso del título que nos corresponde formalmente como parte de una sociedad, como "ciudadano" o "ciudadana".

No nos percatamos de que, más allá de las tarjetas o cédulas de identidad, aunque no nos entreguen un bonito certificado legalmente registrado y enmarcado que podamos colgar en la pared más vistosa de la oficina, del estudio o de la casa, el título de ciudadano es quizá el más honroso nombramiento que podemos ostentar a lo largo de nuestro tránsito por estas tierras.

El asunto es que, como cualquier otro título profesional, la ciudadanía puede ejercerse o no. Tener el título te hace formalmente ciudadano, más es la práctica de sus deberes y derechos, la acción y contribución en la comunidad de la que formas parte, la que puede hacernos sentir entre colegas, comprometidos con el gremio para el bien común.

¿Quién soy yo?

Hay preguntas difíciles de responder porque no fueron formuladas oportunamente. Recientemente tuve la oportunidad de dirigir junto a un equipo de facilitadores un ejercicio denominado "¿Quién soy yo?", que forma parte de una Escuela de Líderes para miembros de diferentes regiones del país del movimiento juvenil Remar, Renovación Marista, basada en la filosofía de servicio del francés universal, San Marcelino Champagnat, fundador de la Congregación de Hermanos Maristas.

El ejercicio consiste básicamente en generar reflexiones a través de una serie de preguntas sobre el perfil individual de cada participante, de manera que cada uno pudiese detenerse a pensar y plasmar "quién es" en un mural diseñado con libertad, y posteriormente presentado en sesiones de coaching grupal.

Lo impactante de la jornada fue redescubrir que, como tuve la oportunidad de experimentarlo en la misma escuela teniendo unos trece años de edad, salvo en casos extraordinarios, no se nos prepara para dar respuesta a semejante pregunta, o peor aún, para hacérnosla.

Crecemos, nos desarrollamos y maduramos cuestionando el mundo, preguntándonos quién es él, ella, eso o esto, pero pocas veces nos detenemos a pensar quiénes somos y cuál es nuestra misión. Y si lo hacemos, con facilidad respondemos erradamente, refiriéndonos solo a lo que hacemos, a la profesión u oficio, por ejemplo, pero no a aquello que nos da identidad individual y que nos hace seres únicos.

Nuestra sociedad requiere detenerse para ser pensada; conocernos y reconocernos como ciudadanos y antes como individuos. Lo ideal: estimular espacios en los que nuestros niños y jóvenes comiencen a preguntarse realmente quiénes son, antes de que sin saberlo, comiencen a olvidarlo.

Seguridad ciudadana

Quien no lo tiene claro conscientemente, según las estadísticas pronto lo tendrá, pues al menos algún conocido, familiar, amigo o vecino será víctima de la delincuencia en los próximos días u horas; la inseguridad ha modificado la forma en la que vivimos.

Por un lado nos ha hecho ciudadanos más alertas, más planificados, más estratégicos y previsivos; por otro, menos sociables, mucho más reservados, más alejados de nuestro propio entorno.

Tal desvinculación es natural, nuestro foco emocional y mental está en protegernos y proteger a quienes amamos, partiendo de la premisa de que también la seguridad es corresponsabilidad nuestra, de todos. De allí que tengamos el deber de preguntarnos: "¿qué puedo hacer yo para contribuir con la solución?".

Sin embargo, de nuevo estamos rodando al ritmo de un círculo vicioso. Recientemente, conocí de cerca un caso en el que unos delincuentes, huyendo de la policía, se escondieron en una residencia familiar. Al llegar la policía a la zona, en su labor de encontrar a los antisociales, entraron a varias de las casas con el permiso de sus habitantes. La sorpresa, para algunos, fue que los funcionarios policiales robaron dinero, prendas y objetos personales de cada una de las casas a las que tuvieron acceso.

Allí el círculo vicioso da una nueva vuelta. Los afectados no denuncian a los funcionarios, pues los creen a veces peores que los delincuentes de oficio.

La seguridad para participar de la solución, exige confianza en las instituciones. Los afectados, ya ni siquiera exigen seguridad ante la delincuencia; ahora piden, en temeroso silencio, confianza; creer que si recurro a un funcionario será para atender efectivamente mi situación de riesgo, no para incrementarla.

Somos mayoría

Hoy pocos se atreven a poner en duda que la democracia sea el sistema de gobierno y de organización ciudadana ideal. Asociada a términos como justicia, equidad e igualdad, es entendida como el medio más apropiado para garantizar el desarrollo y la gobernabilidad de los pueblos. Sin embargo, como todo sistema humano, también la democracia tiene sus grandes desafíos, sus contradicciones y precariedades.

"Que la mayoría decida", es concebida entonces como la más democrática de las declaraciones que surgen cuando en cualquier grupo humano nos enfrentamos a la necesidad de lograr un acuerdo ante diferentes posturas y opiniones. Verdad y trampa a la vez. El concepto de democracia no se limita a la elección de las mayorías; incluye el reconocimiento de las minorías.

De allí que celebres ambiciones como la de "ser la voz de los que no tienen voz", se reproduzcan con tanta facilidad en democracias que suele golpear los intereses de sus minorías.

Ideal, es una democracia en la que esa mayoría decida garantizar el respeto a los derechos, espacios y libertades de todos, al menos desde la conciencia de que la alternabilidad en el poder, en algún momento, me puede llevar al lado de los pocos.

Entendidos los regímenes autoritarios como sistemas en los que una sola voz fija pautas de conducta para su estricto cumplimiento, quizá podemos tener "Democracias Dictatoriales". Aquellas en las que sólo se gobierna para beneficio de mayorías excluyentes.

Lo paradójico es que todos en algún área de nuestra vida formamos parte de una comunidad que es vulnerable minoría, que puede resultar desatendida, subestimada o ignorada; sin darnos cuenta de que ese punto en común siempre puede convertirnos en poderosa mayoría.

En deuda

Ni el costoso y muy bien logrado "corazón venezolano", ni el rebobinado y enérgico "¡cómo te quiero Venezuela!", serán suficientes para sacar a la gente de sus camas, decidida a participar en el más importante encuentro ciudadano del año. Sin embargo, la visión está clara, los candidatos requieren emocionar a sus electores, mientras los ciudadanos demandan líderes que los enamoren.

Así, mientras alguno puede recurrir a mensajes que se transforman en lugares comunes en lo político, al ritmo del "se ve, se siente, el que sea Presidente"; otro conoce al detalle la necesidad emocional de su gente, y no pierde oportunidad para satisfacerla. Aquí el gran desafío es enamorar. Y como tal, puede convertirse en una popular "misión imposible", que con frecuencia alguien logra. Jamás tendrá las mismas posibilidades de éxito quien se haya ocupado en conocer la fuente de sus desvelos, que quien regala una docena de rosas rojas acompañada de un osito de peluche a toda mujer que quisiera lo elija como su pareja.

Del mismo modo, cada líder político involucrado con la movilización de voluntades, debe estar claro de las necesidades, expectativas y deseos de su gente. No se trata solo de comunicación estratégica; hablamos de reconocer que es en nuestras emociones donde concebimos el país que seremos.

Cuando el ser humano está cansado, necesita dormir, relajarse, desconectarse. Y el venezolano, en lo político, ha estado históricamente cansado. Aún así, a pesar de que el fenómeno invita a muchos de nuestros ciudadanos a aprovechar cada domingo electoral para desconectarse de su propia realidad, hay quienes han sido seducidos por otros que comprenden que en la política, además de recursos, se requieren ilusiones compartidas, sueños que quiten el sueño.

Sueño electoral

Ni el costoso y muy bien logrado "corazón venezolano", ni el rebobinado y enérgico "¡cómo te quiero Venezuela!", serán suficientes para sacar a la gente de sus camas, decidida a participar en el más importante encuentro ciudadano del año. Sin embargo, la visión está clara, los candidatos requieren emocionar a sus electores, mientras los ciudadanos demandan líderes que los enamoren.

Así, mientras alguno puede recurrir a mensajes que se transforman en lugares comunes en lo político, al ritmo del "se ve, se siente, el que sea Presidente"; otro conoce al detalle la necesidad emocional de su gente, y no pierde oportunidad para satisfacerla. Aquí el gran desafío es enamorar. Y como tal, puede convertirse en una popular "misión imposible", que con frecuencia alguien logra. Jamás tendrá las mismas posibilidades de éxito quien se haya ocupado en conocer la fuente de sus desvelos, que quien regala una docena de rosas rojas acompañada de un osito de peluche a toda mujer que quisiera lo elija como su pareja.

Del mismo modo, cada líder político involucrado con la movilización de voluntades, debe estar claro de las necesidades, expectativas y deseos de su gente. No se trata solo de comunicación estratégica; hablamos de reconocer que es en nuestras emociones donde concebimos el país que seremos.

Cuando el ser humano está cansado, necesita dormir, relajarse, desconectarse. Y el venezolano, en lo político, ha estado históricamente cansado. Aún así, a pesar de que el fenómeno invita a muchos de nuestros ciudadanos a aprovechar cada domingo electoral para desconectarse de su propia realidad, hay quienes han sido seducidos por otros que comprenden que en la política, además de recursos, se requieren ilusiones compartidas, sueños que quiten el sueño.


Guayabo ciudadano

En el increíble caribe colombiano, sumergido en hábitos y costumbres populares de seres humanos tan alegres como serviciales, tuve la oportunidad de enfrentarme con los conceptos "Guayabo" y "Desenguayabe". El primero, más común para nosotros, referido al "malestar por haber bebido en exceso", en términos de la Real Academia Española. El segundo, a la acción y efecto de evitar el guayabo manteniendo el estado previo, en términos del costeño.

Luego del festín, de la algarabía, de los chistes, y esencialmente de los tragos, vienen las ganas de no haber ingerido tanto alcohol, de no haberse trasnochado, o peor aún, de no haber dicho todo lo que se recuerda haber dicho. Mientras tanto, otros quisieran tener la receta para quedarse en ese estado permanentemente, iniciando y fortaleciendo el ciclo en cada oportunidad que les sea posible, para alejar la condena del malestar que siempre se avecina.

Quizá los venezolanos, sin saberlo, vivimos en ese eterno ciclo, entre el "guayabo" y el "desenguayabe". Borrachos de promesas incumplidas que nos sumergen en el despecho de quien ya ha perdido la confianza, la ilusión, y en consecuencia el interés; porque aquel en el que creímos, resultó ser igual o peor a todos los demás políticos que le antecedieron.

Lo cierto es que para salir del guayabo ciudadano, ese que ancla y frena la participación popular, podemos embriagarnos de promesas que muy probablemente prolonguen la agonía, o al contrario, podemos tomar la decisión definitiva de ser promotores del cambio que queremos ver en nuestras mismas comunidades.

Puedes beber de la promesa brindada, celebrarla y creerla posible, pero con la misma prudencia de quien tiene la claridad y certeza de que lo que realmente está en sus manos, no es el trago invitado, sino el propio destino deseado.

Siempre decides

¿Quién crees que realmente toma las decisiones en nuestros países? Unos idealistas asumen la postura democrática por excelencia: las grandes decisiones las toma el pueblo, la gente, la comunidad, el poder popular. De allí que existan mecanismos como las elecciones, los referendos y las asambleas populares. Momentos para que la mayoría decida hacia dónde debemos ir.

Otros a su vez tienen una mirada que identifican como realista y aterrizada, según la cual las grandes decisiones son tomadas por unos pocos, cuyos asuntos en común ya no son las necesidades, esperanzas y miserias, sino por el contrario, el poder, la formación y los recursos.

Entre extremo y extremo, diferentes escenarios pueden desarrollarse, uno en el que las grandes decisiones encuentren la mayor presión en el sector empresarial; otro en el que la Iglesia pueda mover sus hilos y determinar un desenlace; u alguno en el que los medios de comunicación impongan el mensaje final. Sin embargo, son los pueblos los que tienen la última palabra. Aquellos que concentran el poder en sus manos, y a veces en sus pies, siempre lo saben. Incluso en procesos dictatoriales, en los que existe un muy bien diseñado mito de concentración del poder en una figura omnipresente, los pueblos, aun legal, política y emocionalmente debilitados, determinan el curso de la historia.

Así, si en Paraguay la decisión del Congreso fue estrictamente política, el pueblo la secunda o no, y según su visión, formación, creencias, emociones y mecanismos de participación, hace gobernable o no un país en semejante transición. Ellos están decidiendo. Quien delega tiene la voz suprema, aunque con frecuencia no lo sabe, en la calle, en el trabajo, en la escuela, de pie, transfiere la tarea, nunca el poder.

¿Qué esperas?

Si lees este artículo hasta el final, si llegas a la mitad, o si jamás te enterarás de su existencia, realmente no importa mucho. Si estás al día, has forjado un criterio de ciudadano, eres un extraordinario crítico de realidades, pero tu labor se limita a estar informado y opinar, quizá tengamos bastante de qué hablar.

Como el bien y el mal, como el ying y el yang, como los polos opuestos, así encontramos dos grandes grupos de ciudadanos en nuestras comunidades. Los primeros son críticos y se activan, tanto para elevar la voz como para darle forma, cuerpo y volumen a esa expresión que no sirve de nada si no se materializa en resultados tangibles y observables. Son aquellos que participan en el Consejo Comunal, en la Junta de Condominio, en la asociación profesional o en algún proyecto comunitario. Estos son ciudadanos protagonistas. Gente que asume el rol que le corresponde y participa en su microcampo de acción.

Pero hay otros, a veces mayoría, los ciudadanos que esperan; esos que confían que la providencia, la buena suerte o simplemente las circunstancias, harán que cuanto desean, suceda espontáneamente un buen día; aunque en realidad suceda "el año de la pera".

Lo interesante es que en la mayoría de los países en los que esta frase es utilizada los hablantes se refieren a un período pasado, como en España. Sin embargo, en Venezuela puede tener el significado inverso, y aludir a un año futuro. Más allá de tal diferencia conceptual, hay un punto clave y fundamental en común, mirando al pasado o mirando al futuro, en cualquiera de los dos casos, ese momento no llegará.

Quizá el año que buscas en el pasado o el que sueñas en el futuro, es éste. La ciudadanía se ejerce en presente; es una responsabilidad hoy, no es pera.

Más gradas

Son las gradas un espacio mágico, un lugar para el encuentro con otros y para el reencuentro con uno mismo. A diario, en el mercado, en la clínica, en la Universidad, en las calles, nos encontramos con personas con necesidades similares a las nuestras, de consumo, de atención, de educación, o simplemente de tránsito, pero en pocos lugares podemos coincidir con tanta gente cuya necesidad suprema sea sentir la emoción de la identidad. El día a día nos aleja y nos sumerge en otros espacios en los que la pasión colectiva se esconde tras propósitos individuales.

En el camino puedes encontrarte con decenas, cientos y miles de fanáticos de aquello que te emociona, pero si no los reconoces por lo que dicen, por como lucen, por el color de sus franelas, el fenómeno de las gradas no se da.

En Venezuela recién estamos descubriéndonos como fanaticada. Más allá de las experiencias que la política nos ha brindado, cuando en marchas, concentraciones y mítines los líderes procuran conectarse a través de códigos comunes con la emocionalidad de cada alma que les acompaña, nos hacen falta más espacios en los que aprovechar tantas razones para vestirnos color patria.

Así, la bandera, el tricolor, el vinotinto, se han transformado en los códigos que nos están recordando cada vez con mayor fuerza que aquel que me consigo en el mercado, en la clínica o en las calles, comparte ilusiones conmigo; de esas que lo hacen acelerarse, cantar, saltar y gritar como pocas veces en su vida adulta, y en público. Hoy, el desafío que nos queda entre las manos a las generaciones que deseamos entregar un país con más logros que ilusiones, es multiplicar los espacios públicos en los que nos reconocemos como ciudadanos con la necesidad de gritar a todo corazón: "¡Venezuela! ¡Venezuela!".

Ser Modelo

Quizá entre los más anhelados de nuestros sueños, de esos que emocionan y hacen sonreír mientras duermen a quienes son sus voluntarios protagonistas, está ser modelo.

Nuestro país, cuyo nombre hoy suena a elegante miss de larga cola: Venezuela, tiene una amplísima cultura de culto a la belleza que nos hace sentir aún más orgullosos de nuestro gentilicio. Nuestras niñas sueñan con ser misses, y cada vez más jóvenes deciden incorporar en sus quehaceres hábitos propios de un modelo en otras latitudes.

¡Qué gran ambición! Desear que todos te vean, y más allá, que te admiren, que hablen de ti, de cuán bien te vez. Pero la realidad y sus circunstancias, son complejas; mientras algunos deseándolo con todas sus fuerzas no descubren el valor de ser modelo, otros, sin quererlo conscientemente, de manera temprana son objeto de miradas que aplauden.

Tal es el caso de miles de jóvenes que alrededor del país forman parte de los Modelos de Naciones Unidas, venezolanos y venezolanas que nos muestran otra forma de ser y hacer modelos, a través de la réplica de prácticas de un organismo global en el que el entendimiento mutuo mantiene en un mismo terreno a los más fervientes contrarios. Tal es el caso de modelos de pasarela que son excelente ejemplo de disciplina, enfoque y profesionalismo.

Tal es el caso de niños y niñas que formando parte del Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela, se erigen como modelos de disciplina, constancia y búsqueda de la armonía en sus más cercanas salas de conciertos: su habitación, la sala o cocina de su casa, espacio cualquiera en el que alguien se detenga a escucharles. Entonces, el ser modelo deja de ser una ambición y se transforma la más grande responsabilidad, de esas que quitan el sueño; de esas que alimentan los sueños.

Planta Nuestra

Muros, rejas y cadenas forman parte de nuestra escena diaria, inclusive son noticia habitualmente. Así, el retén "La Planta" ha ocupado grandes titulares y gran parte del centimetraje de la prensa venezolana durante los últimos días.

Esta "planta" de la que nos hablan no es como aquella que se siembra con la visión incorruptible de cosechar buenos frutos para el disfrute de la comunidad, sino por el contrario, una que expone una increíble variedad de especies de armas y vicios, entre otros frutos.

He allí el gran drama de nuestros sistemas penitenciarios: los centros de reclusión lejos de ser concebidos como campos para la formación de nuevos ciudadanos útiles para su comunidad, son diseñados y abordados como depósitos de seres en los que nadie cree, en los que pocos son capaces de invertir abono alguno, ya sea para el alma, ya para la mente, ya para el cuerpo.

Es que en efecto, no es tan sencillo, pues no terminamos de darnos cuenta de quiénes son los presos; del lado afuera del retén hay otros tantos, que quizá somos mayoría. Ciudadanos que, como usted y como yo, vivimos con muros, rejas, puertas, portones, cadenas, candados y alarmas, entre unos y otros, creyendo que "La Planta" me queda lejos, que no me afecta, que son otros los involucrados; que hay muchos "muros, rejas, cercos, puertas, portones, cadenas, candados y alarmas" entre quienes padecen la realidad que reseñan los medios y las nuestras.

"La Planta" servirá de algo si la experiencia abona una nueva tierra penitenciaria en la que todos nos involucramos desde nuestra realidad, de lo contrario, sin mucho esfuerzo, su especie continuará reproduciéndose como el molestoso monte que no queremos ver, pero que irremediablemente crece, invade y se multiplica.