domingo, 2 de septiembre de 2012

Guayabo ciudadano

En el increíble caribe colombiano, sumergido en hábitos y costumbres populares de seres humanos tan alegres como serviciales, tuve la oportunidad de enfrentarme con los conceptos "Guayabo" y "Desenguayabe". El primero, más común para nosotros, referido al "malestar por haber bebido en exceso", en términos de la Real Academia Española. El segundo, a la acción y efecto de evitar el guayabo manteniendo el estado previo, en términos del costeño.

Luego del festín, de la algarabía, de los chistes, y esencialmente de los tragos, vienen las ganas de no haber ingerido tanto alcohol, de no haberse trasnochado, o peor aún, de no haber dicho todo lo que se recuerda haber dicho. Mientras tanto, otros quisieran tener la receta para quedarse en ese estado permanentemente, iniciando y fortaleciendo el ciclo en cada oportunidad que les sea posible, para alejar la condena del malestar que siempre se avecina.

Quizá los venezolanos, sin saberlo, vivimos en ese eterno ciclo, entre el "guayabo" y el "desenguayabe". Borrachos de promesas incumplidas que nos sumergen en el despecho de quien ya ha perdido la confianza, la ilusión, y en consecuencia el interés; porque aquel en el que creímos, resultó ser igual o peor a todos los demás políticos que le antecedieron.

Lo cierto es que para salir del guayabo ciudadano, ese que ancla y frena la participación popular, podemos embriagarnos de promesas que muy probablemente prolonguen la agonía, o al contrario, podemos tomar la decisión definitiva de ser promotores del cambio que queremos ver en nuestras mismas comunidades.

Puedes beber de la promesa brindada, celebrarla y creerla posible, pero con la misma prudencia de quien tiene la claridad y certeza de que lo que realmente está en sus manos, no es el trago invitado, sino el propio destino deseado.

Siempre decides

¿Quién crees que realmente toma las decisiones en nuestros países? Unos idealistas asumen la postura democrática por excelencia: las grandes decisiones las toma el pueblo, la gente, la comunidad, el poder popular. De allí que existan mecanismos como las elecciones, los referendos y las asambleas populares. Momentos para que la mayoría decida hacia dónde debemos ir.

Otros a su vez tienen una mirada que identifican como realista y aterrizada, según la cual las grandes decisiones son tomadas por unos pocos, cuyos asuntos en común ya no son las necesidades, esperanzas y miserias, sino por el contrario, el poder, la formación y los recursos.

Entre extremo y extremo, diferentes escenarios pueden desarrollarse, uno en el que las grandes decisiones encuentren la mayor presión en el sector empresarial; otro en el que la Iglesia pueda mover sus hilos y determinar un desenlace; u alguno en el que los medios de comunicación impongan el mensaje final. Sin embargo, son los pueblos los que tienen la última palabra. Aquellos que concentran el poder en sus manos, y a veces en sus pies, siempre lo saben. Incluso en procesos dictatoriales, en los que existe un muy bien diseñado mito de concentración del poder en una figura omnipresente, los pueblos, aun legal, política y emocionalmente debilitados, determinan el curso de la historia.

Así, si en Paraguay la decisión del Congreso fue estrictamente política, el pueblo la secunda o no, y según su visión, formación, creencias, emociones y mecanismos de participación, hace gobernable o no un país en semejante transición. Ellos están decidiendo. Quien delega tiene la voz suprema, aunque con frecuencia no lo sabe, en la calle, en el trabajo, en la escuela, de pie, transfiere la tarea, nunca el poder.

¿Qué esperas?

Si lees este artículo hasta el final, si llegas a la mitad, o si jamás te enterarás de su existencia, realmente no importa mucho. Si estás al día, has forjado un criterio de ciudadano, eres un extraordinario crítico de realidades, pero tu labor se limita a estar informado y opinar, quizá tengamos bastante de qué hablar.

Como el bien y el mal, como el ying y el yang, como los polos opuestos, así encontramos dos grandes grupos de ciudadanos en nuestras comunidades. Los primeros son críticos y se activan, tanto para elevar la voz como para darle forma, cuerpo y volumen a esa expresión que no sirve de nada si no se materializa en resultados tangibles y observables. Son aquellos que participan en el Consejo Comunal, en la Junta de Condominio, en la asociación profesional o en algún proyecto comunitario. Estos son ciudadanos protagonistas. Gente que asume el rol que le corresponde y participa en su microcampo de acción.

Pero hay otros, a veces mayoría, los ciudadanos que esperan; esos que confían que la providencia, la buena suerte o simplemente las circunstancias, harán que cuanto desean, suceda espontáneamente un buen día; aunque en realidad suceda "el año de la pera".

Lo interesante es que en la mayoría de los países en los que esta frase es utilizada los hablantes se refieren a un período pasado, como en España. Sin embargo, en Venezuela puede tener el significado inverso, y aludir a un año futuro. Más allá de tal diferencia conceptual, hay un punto clave y fundamental en común, mirando al pasado o mirando al futuro, en cualquiera de los dos casos, ese momento no llegará.

Quizá el año que buscas en el pasado o el que sueñas en el futuro, es éste. La ciudadanía se ejerce en presente; es una responsabilidad hoy, no es pera.

Más gradas

Son las gradas un espacio mágico, un lugar para el encuentro con otros y para el reencuentro con uno mismo. A diario, en el mercado, en la clínica, en la Universidad, en las calles, nos encontramos con personas con necesidades similares a las nuestras, de consumo, de atención, de educación, o simplemente de tránsito, pero en pocos lugares podemos coincidir con tanta gente cuya necesidad suprema sea sentir la emoción de la identidad. El día a día nos aleja y nos sumerge en otros espacios en los que la pasión colectiva se esconde tras propósitos individuales.

En el camino puedes encontrarte con decenas, cientos y miles de fanáticos de aquello que te emociona, pero si no los reconoces por lo que dicen, por como lucen, por el color de sus franelas, el fenómeno de las gradas no se da.

En Venezuela recién estamos descubriéndonos como fanaticada. Más allá de las experiencias que la política nos ha brindado, cuando en marchas, concentraciones y mítines los líderes procuran conectarse a través de códigos comunes con la emocionalidad de cada alma que les acompaña, nos hacen falta más espacios en los que aprovechar tantas razones para vestirnos color patria.

Así, la bandera, el tricolor, el vinotinto, se han transformado en los códigos que nos están recordando cada vez con mayor fuerza que aquel que me consigo en el mercado, en la clínica o en las calles, comparte ilusiones conmigo; de esas que lo hacen acelerarse, cantar, saltar y gritar como pocas veces en su vida adulta, y en público. Hoy, el desafío que nos queda entre las manos a las generaciones que deseamos entregar un país con más logros que ilusiones, es multiplicar los espacios públicos en los que nos reconocemos como ciudadanos con la necesidad de gritar a todo corazón: "¡Venezuela! ¡Venezuela!".

Ser Modelo

Quizá entre los más anhelados de nuestros sueños, de esos que emocionan y hacen sonreír mientras duermen a quienes son sus voluntarios protagonistas, está ser modelo.

Nuestro país, cuyo nombre hoy suena a elegante miss de larga cola: Venezuela, tiene una amplísima cultura de culto a la belleza que nos hace sentir aún más orgullosos de nuestro gentilicio. Nuestras niñas sueñan con ser misses, y cada vez más jóvenes deciden incorporar en sus quehaceres hábitos propios de un modelo en otras latitudes.

¡Qué gran ambición! Desear que todos te vean, y más allá, que te admiren, que hablen de ti, de cuán bien te vez. Pero la realidad y sus circunstancias, son complejas; mientras algunos deseándolo con todas sus fuerzas no descubren el valor de ser modelo, otros, sin quererlo conscientemente, de manera temprana son objeto de miradas que aplauden.

Tal es el caso de miles de jóvenes que alrededor del país forman parte de los Modelos de Naciones Unidas, venezolanos y venezolanas que nos muestran otra forma de ser y hacer modelos, a través de la réplica de prácticas de un organismo global en el que el entendimiento mutuo mantiene en un mismo terreno a los más fervientes contrarios. Tal es el caso de modelos de pasarela que son excelente ejemplo de disciplina, enfoque y profesionalismo.

Tal es el caso de niños y niñas que formando parte del Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela, se erigen como modelos de disciplina, constancia y búsqueda de la armonía en sus más cercanas salas de conciertos: su habitación, la sala o cocina de su casa, espacio cualquiera en el que alguien se detenga a escucharles. Entonces, el ser modelo deja de ser una ambición y se transforma la más grande responsabilidad, de esas que quitan el sueño; de esas que alimentan los sueños.

Planta Nuestra

Muros, rejas y cadenas forman parte de nuestra escena diaria, inclusive son noticia habitualmente. Así, el retén "La Planta" ha ocupado grandes titulares y gran parte del centimetraje de la prensa venezolana durante los últimos días.

Esta "planta" de la que nos hablan no es como aquella que se siembra con la visión incorruptible de cosechar buenos frutos para el disfrute de la comunidad, sino por el contrario, una que expone una increíble variedad de especies de armas y vicios, entre otros frutos.

He allí el gran drama de nuestros sistemas penitenciarios: los centros de reclusión lejos de ser concebidos como campos para la formación de nuevos ciudadanos útiles para su comunidad, son diseñados y abordados como depósitos de seres en los que nadie cree, en los que pocos son capaces de invertir abono alguno, ya sea para el alma, ya para la mente, ya para el cuerpo.

Es que en efecto, no es tan sencillo, pues no terminamos de darnos cuenta de quiénes son los presos; del lado afuera del retén hay otros tantos, que quizá somos mayoría. Ciudadanos que, como usted y como yo, vivimos con muros, rejas, puertas, portones, cadenas, candados y alarmas, entre unos y otros, creyendo que "La Planta" me queda lejos, que no me afecta, que son otros los involucrados; que hay muchos "muros, rejas, cercos, puertas, portones, cadenas, candados y alarmas" entre quienes padecen la realidad que reseñan los medios y las nuestras.

"La Planta" servirá de algo si la experiencia abona una nueva tierra penitenciaria en la que todos nos involucramos desde nuestra realidad, de lo contrario, sin mucho esfuerzo, su especie continuará reproduciéndose como el molestoso monte que no queremos ver, pero que irremediablemente crece, invade y se multiplica.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Japón: Una lección de Conexión


Un poco más de 20 horas volando (con dos conexiones), 13 horas y media de diferencia horaria, océanos y continentes que separan, otro idioma, otros signos, significados y significantes, otra cultura, otra mirada; pero finalmente allí estaba, sin imaginar el impacto de lo que vendría.

La vigésimo tercera Academia de Liderazgo de Japón de la JCI (Junior Chamber International), fue la perfecta apertura para una nueva etapa en la que la visión del ser humano como sujeto comunicativo, del quehacer en sociedad y, en definitiva, de la vida en estas tierras nuestras, se ampliaría exponencialmente. Y no podía comenzar de otra manera; sino desde el corazón de aquella comunidad, en el seno de una familia japonesa.

Las paredes de madera clara color pino; los grandes y cuidados jardines; los árboles que detalladamente podados y remozados invitan, cual nube de la infancia, a soñar formas, figuras y personajes que viven en la libertad de lo esencialmente verde; cada mirada tímida y respetuosa; decían que era cierto, que estaba en otro mundo. En un territorio en el que no compartíamos idioma alguno, pues ni yo hablaba japonés, ni ninguno de los miembros del grupo familiar hablaba inglés o español. Pero, eso sí, un nuevo mundo en el que era esperado y bienvenido.

Esa primera noche en familia, esa escena en torno a aquella pequeña mesa retrata una gran lección. Sentados en el suelo, en el Tatami, bañados en el fresco aroma de algas, arroz, atún, salmón, cangrejo y te verde, me acompañaban casi una decena de niños y adultos que no tenía como identificar, pero que se conectaban conmigo con cada gesto, con cada mirada, con cada expresión que les emocionaba; sin darse cuenta quizá de que era yo quien, aún desde el suelo, se sentía elevado por un sentimiento de gratitud infinita ante lo insospechado del aprendizaje.

Es que no teníamos un idioma común, pero sí un mismo lenguaje, el lenguaje que se construye por encima de las formas, cuando hay valores y principios compartidos.

Señas, señales, gestos, imágenes, sonrisas y miradas fueron nuestro código común. Gracias a ello disfrutamos de la exquisita comida, nos conectamos y desconectamos en un templo Shintoista, jugamos, refrescamos nuestros pies en una concurrida playa del verano japonés, recorrimos calles y kilómetros de una de las islas, y hasta tuvimos nutritivas y memorables conversaciones que, de una sutil bofetada, destruían las barreras comunicacionales previsibles. Conversaciones a otro nivel del que hasta la fecha podía imaginar, en las que esos códigos mencionados eran bastante más que suficiente.

He allí el impacto de la conexión; no requiere, ni siquiera, un idioma común, no es un asunto de identidad, ni mucho menos de costumbres… Viene de mucho más adentro, y se construye cuando decides maravillarte al compartir lo que “eres” con aquel que también “es”, sólo que de manera legítimamente diferente.